sábado, 21 de febrero de 2026

Ricardo Zofío Vidal

Ricardo Antonio Zofío Vidal falleció a los 83 años. Aunque era Profesor Consulto en la Universidad de Luján, tuvo mucho menos reconocimiento institucional que el merecido, debido a su extremo perfil bajo. Ricardo siempre trataba de pasar desapercibido para las instituciones, quizás una huella que le dejó la dictadura. Pero era todo lo opuesto cuando entraba al aula; allí brillaba. Su pasión era enseñar. Para él, transmitir conocimientos, ayudar a pensar, era su militancia.

De una erudición formidable, su conocimiento solo era comparable con su generosidad. Ricardo siempre estaba presente ante una necesidad, su solidaridad era tan inclaudidable como sus principios. Siempre estaba en todas las marchas por causas justas, incluso cuando su salud flaqueaba un poco.

Tuve la inmensa fortuna de dar mis primeros pasos en la enseñanza con él. Tenía la rara habilidad de hacer que uno advirtiera su propia ignorancia sin incomodar, era su forma elegante de enseñarnos a quienes nos iniciábamos en este arte.

Creo que los mejores reconocimientos fueron de sus alumnos. No debe haber nadie a quien sus clases le hayan pasado desapercibidas. Con un enorme vuelo intelectual, resonaban en diferentes niveles, según el conocimiento previo que uno tuviera, pero para todos eran útiles.

Conociéndolo tanto, cuando Inés Izaguirre me pidió que siguiera con la materia que ella había fundado, “Modo de producción capitalista: El capital”, no dudé en convocarlo, porque dudo que haya habido alguien más conocedor de esa obra que él. Pero, sabiendo que no le gustaba que su nombre figurara al tope en ningún espacio, le dije que viniera como profesor invitado (ya estaba jubilado), y que organizara el esquema expositivo. Siempre aclaré en esos cursos (habrá quien lo recuerde) que el mayor experto era él, aunque estuviera mi nombre al frente. En su momento había sido convocado para colaborar en la edición de las MEGA (edición completa de Marx y Engels), a lo que desistió con una sonrisa porque si de algo rehuía, era de los laureles.

Hombre de imposible reemplazo, este mundo lo necesitaba, aunque esta época no lo merecía.


viernes, 31 de enero de 2025

Sin maniqueísmos

Mañana será la marcha convocada por el colectivo LGBTTQ+ contra el avance neofascista, cuya punta de lanza apareció ahora en los repudiables dichos de Milei en Davos. No todos los que acompañaremos pertenecemos a dicho colectivo, ni siquiera compartimos muchas de sus posiciones. Pero es necesario manifestarse firmemente contra este avance.

En paralelo, hoy la policía de la provincia, cual mastines de la Bullrich, reprimieron ilegalmente a vecinos que se manifestaban por el asesinato de un joven repartidor (presuntos policías, sin identificación ni uniforme, deteniendo frente a las cámaras de televisión). Kicillof debería expulsar de inmediato a los jefes de dicho operativo y a los efectivos que actúan ilegalmente (las órdenes ilegales son ilegítimas y nadie está obligado a cumplirlas).

Si la policía de la provincia de Buenos Aires actúa igual que la Federal ¿cuál es la diferencia cualitativa entre el oficialismo y uno de los principales opositores? Si estas diferencias no quedan muy claras, la perspectiva que tenemos por delante es más bien oscura. No basta decir que enfrente hay una bestia (que la hay), sino demostrar que uno mismo es distinto, muy distinto.

domingo, 24 de marzo de 2024

Los neofascistas y su incomodidad con la historia. Son 30.000

Hoy, 24 de marzo la población le dio una contundente respuesta a la pretendida instalación de un debate que no es. Los neofascistas, encabezados ahora por Victoria Villarruel, quieren discutir el número-símbolo de 30.000 detenidos-desaparecidos.

Apelan para ello a dos estrategias argumentales: una que es instalar la duda a partir del número de casos denunciados, y la otra de que fueron acciones de guerra. Tomemos cada uno de ellos y analicémoslo sin pretender negar la negación enunciando principios.

¿Hubo una guerra civil en Argentina en los años ’70? Hace más de 20 años publicamos un grupo de investigadores Orígenes y desarrollo de la guerra civil en Argentina. 1966-1976 (Eudeba), libro en el que analizábamos la emergencia y actividad de las fuerzas guerrilleras. Allí sosteníamos que después del “cordobazo” se había entrado en una etapa de guerra insurgente, que llevó a la creación de las principales organizaciones armadas el año siguiente. Indudablemente se puede hablar de guerra desde entonces. Pero toda guerra tiene principio y fin. Si se puede localizar el inicio con el levantamiento de Córdoba en mayo de 1969, no cabe duda que después de diciembre de 1975 (ataque en Monte Chingolo) las principales organizaciones ya pierden capacidad operativa, sin la cual no se puede hablar de guerra, que es cuando dos o más contrincantes tienen voluntad y capacidad de lucha. Justamente es la derrota de las fuerzas insurgentes lo que posibilita el golpe de Estado de marzo de 1976.

Significativamente, desde 1970 hasta la derrota insurgente, quienes hablaban de guerra eran las organizaciones guerrilleras, y quienes negaban que se trataba de una guerra eran las fuerzas armadas estatales. Tras el desenlace, quienes esgrimen el argumento de la guerra son las fuerzas estatales, y quienes lo niegan son los sobrevivientes del genocidio que sobrevino tras dicho desenlace.

Porque esto es lo que debe comprenderse: tras la guerra se produjo la cacería y el genocidio. Y esos son crímenes de lesa humanidad, sean cometidos en guerra o en paz. La guerra no habilita a cualquier cosa, existen los crímenes de guerra. La desaparición forzada de personas es un crimen, haya sido cometida en tiempo de guerra o de paz.

El otro artilugio es deslegitimar la denuncia cuestionando el número. Para ello niegan que hayan sido 30.000. Sin embargo, este número no surge de un capricho; se trata de una estimación que se hizo en base a indicios relativamente certeros. En el marco del “Plan Cóndor”, por el cual las dictaduras del cono sur cooperaban intercambiando prisioneros detenidos-desaparecidos, los servicios de inteligencia de cada país tenían “delegaciones” en los países vecinos. Un agente de la DINA chilena (el homólogo de la SIDE argentina), Enrique Arancibia Clavel, envió a su central un documento fechado el 4 de julio de 1978. En el mismo consigna una información que “logró conseguir en el Batallón 601 de Inteligencia del Ejército, sito en Callao y Viamonte de esta Capital, que depende de la Jefatura II Inteligencia Ejército [SIC] del Comando General del Ejército y del Estado Mayor General del Ejército. […] Si tienen computados 22.000 entre muertos y desaparecidos, desde 1975 a la fecha.”

Habían pasado poco más de dos años de dictadura y restaban aún cinco años y medio. Por supuesto que el ritmo del genocidio fue decayendo posteriormente, pero tomando este dato, simplemente descontando los muertos “en enfrentamientos” (que se publicaban en los diarios) se obtienen los detenidos-desaparecidos; se confrontan con las denuncias de desapariciones y se obtiene una ratio para estimar el número real. En base a las denuncias de desapariciones posteriores se utiliza dicha ratio, y se puede estimar el número total de detenciones-desapariciones. El número de 30.000 surge de allí.

Aclarado el origen, no se puede omitir el fondo del razonamiento neofascista. ¿Acaso la tan mentada inseguridad se sustenta en las denuncias de ilícitos? Si fuese así, viviríamos en una especie de paraíso en el que el aburrimiento sería el mayor problema. ¿Se le ocurriría al desquiciado ocupante de la Rosada, tan amigo del Estado israelí, pedir una lista de los 6 millones que perecieron en el Holocausto? Su catadura moral es asimilable a su coherencia.

Son 30.000.

sábado, 16 de diciembre de 2023

La democracia de los idiotas

El triunfo de Javier Milei en las elecciones presidenciales es, desde el punto de vista democrático, absolutamente legítimo. Las primeras medidas económicas desconciertan a muchos de quienes lo votaron, los que, en general, solo atinan a decir que acuerdan con empobrecerse y restringir sus opciones, pagando más caro los servicios, sometiéndose a una espiral inflacionaria fomentada desde el gobierno y, en muchos casos, hasta perdiendo el empleo. Es entonces cuando se advierte en toda su plenitud que estamos frente a un gobierno surgido de una democracia de idiotas, en el sentido estricto del término: en la antigua Grecia, los idiotes eran quienes no se ocupaban o interesaban en los asuntos públicos. Y nuestra democracia está, crecientemente, determinada por idiotas, personas que carecen de interés en informarse sobre las cuestiones públicas y se orientan en función de líneas editoriales de algunos grupos concentrados de medios de difusión masiva, o, en las nuevas generaciones, por la circulación de informaciones no verificadas en redes sociales. 

Quienes carecen de referencias sólidas, son fácilmente influenciables por las usinas de pensamiento de grupos concentrados y conservadores. Por eso apoyan con fervor cívico las disparatadas medidas de un gobierno improvisado que carecía de un plan de gobierno y solamente disparaba consignas, muchas veces contradictorias. Como lo confesó crudamente la hoy ministra Pettovello, aceptó acompañar al candidato pensando que no llegaría muy lejos. Sin plan de gobierno y sin equipos, todo es improvisación. Pero los idiotas creen que es el doloroso primer paso necesario para expiar las culpas del “gran festín” que vivimos. Que alguien me avise dónde fue ese gran festín al que la mayoría nunca fuimos invitados. Dada su calidad de profundos desconocedores de los asuntos públicos, ni sospechan que los problemas, para ser tales, deben ser definidos, que un mismo síntoma puede deberse a cuestiones formuladas de maneras muy diferentes y, en consecuencia, derivar en distintas problematizaciones. Por otra parte, una vez definido, no hay una única manera de tratarlo, sino múltiples.

Planteo un ejemplo. En 2021, en Europa, con excepción de Dinamarca y Luxemburgo, todos los países tuvieron déficit fiscal. El país con mayor déficit fiscal del mundo es Estados Unidos. Considerando los niveles de vida de esos países deficitarios, dicha característica no pareciera ser un problema. Un país no es como una casa (que es la explicación para idiotas): se puede (y muchas veces se debe) gastar más de lo que ingresa, incluso sostenidamente en el tiempo, sin que suponga ninguna catástrofe económica ni financiera. Por otra parte, imaginemos que acordamos que, por diferentes motivos, el déficit es demasiado elevado y es necesario bajarlo; para lograr eso hay dos formas elementales, que se pueden combinar: subir los ingresos y/o bajar el gasto. Y ocurre que, por lo general, para subir los ingresos es necesario subir un poco el gasto (el ingreso que se genera es mayor al gasto que se realiza). Sí, mi querido idiota, ya sé, lo escuchaste, pero no le prestaste atención porque creés que si no se sufre no tiene valor, no puede ser real. Pero lo es.

El mayor problema que tenemos es la idiotez de la mayor parte de la gente, es decir, la despreocupación por entender los asuntos públicos, que nos lleva de desastre en desastre sin posibilidad de cambiar el rumbo, y solo pensar cada tanto "me cagaron, son todos iguales". Claro que nadie se quiere hacer cargo, e incluso se impugna moralmente esta problematización, sosteniendo desde la corrección política que "no se puede" decir que la mayoría es idiota; ¿por qué no se puede, si lo es? ¿Y cómo cambiar esto, en momentos en que crece la primacía de las redes? Es difícil, todo un desafío. Posiblemente no haya, al menos por ahora, una alternativa a la democracia de los idiotas.



viernes, 11 de agosto de 2023

Camarada Facundo Molares ¡Hasta la victoria siempre!

Ayer las bestias acabaron con la vida biológica de Facundo, un luchador solidario y amoroso, expresión (¡qué duda cabe a quienes lo conocimos!) del hombre nuevo, el que valora lo colectivo por sobre las miserias individualistas, el que hace del dolor ajeno la causa de la lucha, y de la lucha la causa de su vida. Internacionalista en los hechos, cuando después del sacudón de 2001 se fue a recorrer América Latina, terminó enrolándose en las FARC, a las que perteneció hasta el cuestionado y cuestionable "proceso de paz" (cuyo bello nombre enmascara una vergonzante capitulación de una cúpula moral y políticamente desintegrada). Facundo fue crítico de esos acuerdos, razón por la que tuvo que abandonar el territorio (amenazado por parte de sus ex camaradas de armas) acogiéndose a las prerrogativas legales que brindaba dicho acuerdo. Volvió a Argentina, donde se dedicó de lleno a tareas solidarias, a organizar a los carentes de casi todo, menos de esperanza. En ese contexto lo conocí, siempre ávido por aprender de teoría, porque sabía que es indispensable para orientar la acción. Y como no había descubierto la fórmula para vivir del aire, ganaba unos pesos como fotoperiodista. Así fue que en el marco del golpe de Estado contar Morales, Facundo se trasladó a Bolivia para cubrir los hechos, sin por eso dejar su actividad solidaria y mantener reuniones con grupos políticos que resistían el golpe de la derecha. Fue detenido, sometido a tormentos y encarcelado. Una larga lucha política de sus camaradas hizo que el nuevo gobierno argentino tomara el caso (sin mucho entusiasmo) y, con la asunción del nuevo gobierno boliviano, Facundo fue liberado y nuevamente regresó al país. Pero poco tiempo después fue nuevamente encarcelado, ahora por la policía argentina a pedido de un juez colombiano. Estuvo en la cárcel de Ezeiza. Para vergüenza de la Cancillería argentina, y del juez Guido Otranto (el mismo hombre-rata que tomó la causa de Santiago Maldonado), que lo iban a entregar al gobierno de Iván Duque sin ningún problema, fue la propia justicia colombiana la que desistió del requerimiento, ¡después que en Argentina habían confirmado su extradición! La falta de timing los dejó en evidencia: el Plan Cóndor sigue funcionando.
Pensaba, ayer, viendo las imágenes de la infamia, que las bestias que lo mataron, con sus escudos a prueba de proyectiles y sus cascos a prueba de ideas, son del sector social por cuya emancipación dio la vida Facundo, lo que debería servirnos para no romantizar la pobreza ni demonizar a la policía, y que aunque haya personas siniestras (y las hay) no es la condición personal de las mismas, sino su condición social, el objeto de las luchas emancipatorias de lo humano. Era algo que él tenía bien claro,  y que define la diferencia entre un revolucionario y un populista. Como revolucionario que era, no romantizaba el uso de la violencia, pero tampoco la demonizaba.
Poco se puede agregar, la mejor forma de homenajearlo es siguiendo, como podamos, su ejemplo. ¡Hasta la victoria siempre, camarada Facundo!

martes, 1 de noviembre de 2022

Invitado al programa Abro Hilo

Es un programa del MinCyT, en los estudios de la TV Pública.

sábado, 22 de octubre de 2022

jueves, 20 de octubre de 2022

viernes, 26 de agosto de 2022

viernes, 12 de agosto de 2022

sábado, 4 de junio de 2022

Adiós querido Tomás

Hoy falleció Tomás Várnagy, destacado y querido colega, con quien tuve la dicha de compartir algunos tramos de la vida. Tomás fue un verdadero cosmopolita, con una experiencia de vida enorme, que estudió cuando otros hubieran tirado la toalla, e igualmente hizo una carrera académica destacada. Desarrolló varios oficios, pero su pasión era enseñar. Y más que textos, enseñaba a vivir. Atesoro en mi memoria un asado compartido en su casa de Villa Rosa, y entre mis objetos preciosos, el libro de su brillante tesis doctoral, con su dedicatoria manuscrita. Querido Tomás, el mundo es un poco más feo sin vos. Te vamos a extrañar mucho mucho, porque todos quienes tuvimos la fortuna de conocerte, te seguiremos recordando mientras vivamos.

miércoles, 13 de octubre de 2021

jueves, 26 de agosto de 2021

Afganistán ¿Un nuevo Vietnam para Estados Unidos?

Compartí una charla con este título con Guadi Calvo y Martín Martinelli, organizada por la gente de Nueva Opción, de la Universidad de Luján.

viernes, 23 de julio de 2021

Decreto 476/21 ¿un paso en falso?

El presidente Fernández anunció de manera relativamente sorpresiva el Decreto 476/21 por el cual, a pedido de la persona, el DNI consignará una X en el campo "sexo". Resultó llamativo que en el acto en el que se anunció la medida, y en el que se entregaban los primeros tres DNI con esa designación, una de las personas receptoras del presunto nuevo derecho, se abrió la camisa mostrando una remera debajo con la leyenda "No somos una X", al tiempo que verbalizaba su posición. Raro. Doblemente raro; que el acto sea en sí mismo un contra-acto, que la persona "beneficiaria" se queje. Pero esto es sólo la superficie de la cuestión.
En principio cuesta ver cuál es el derecho a subjetivar una registración estatal. La consignación del sexo es una nomenclatura binaria que identifica el fenotipo de la estructura cromosómica de una persona. Si es XX, es mujer; si es XY es varón (hay casos excepcionales, bien de indefinición, o bien de alteraciones que dieron cuerpo femenino a una estructura de cromosomas XY). En Argentina, desconozco el derrotero que llevó a eso, en el campo sexo se consignó el género, y en lugar de poner Hombre/Varón/Macho o Mujer/Hembra, se optó por el Masculino o Femenino. Claramente no hay sexo masculino ni femenino. Un equívoco. Hay países en los que el campo es "género", pero se consigna el sexo. Esta inscripción es inopinada, y se realiza en la registración inicial del individuo, a poco de nacer. Con este decreto, la persona tiene derecho a cambiarla en algún momento posterior.
Sobre la protesta "no soy una X" aparecieron memes en redes sociales, uno de los cuales decía "no soy un número" cuestionando la capacidad estatal de numerar a las personas a través del DNI. (Otros, más mordaces, recordaban que esta modificación de la registración se realizaba sin hacer efectivo el derecho de todas las personas a la tenencia de un DNI, lo que quedó muy en evidencia con la pandemia, y no se ha subsanado totalmente). Significativamente lo que está en cuestión es cómo me registra el Estado, y no qué registra, que se ha naturalizado, y es, por lo tanto, incuestionado.
Argentina es uno de los pocos países del mundo en el que todas las personas tenemos registradas las huellas dactilares, sin que nos indignemos por eso que, en general, es considerado una intromisión inadmisible del Estado en la privacidad. En muchos países las huellas dactilares son registradas sólo cuando una persona tiene condena firme; es decir que es un procedimiento que se reserva a los criminales. Vale recordar que Giorgio Agamben se negó, en 2004, a que le tomaran las huellas digitales para entrar en Estados Unidos, donde debía dar un curso en la Universidad de Nueva York, del que desistió, por considerar tal requerimiento como un "tatuaje bio-político". Aquí somos todos sospechosos. Sospechosamente, esto no sólo no es cuestionado, sino que tampoco hubo alarmas cuando en 2011 se creó el SIBIOS (Sistema Federal de Identificación Biométrica para la Seguridad), en el que se unificó información hasta entonces dispersa, y por el que se generalizaron los registros biométricos (por ejemplo, la foto en Migraciones, al entrar o salir del país, en la AFIP, para obtener la clave fiscal, entre otros).
Estos avances sobre la privacidad se han realizado sin concitar la menor resistencia. Pero ahora se inaugura un plano superior: la intromisión se hace a pedido del registrado, exponiendo pública y estatalmente algo que es puramente subjetivo. Y esto es lo realmente novedoso: hasta ahora sólo se consignaban aspectos objetivos para la individuación, corriendo la frontera de lo público sobre lo privado (con los peligros que esto conlleva en el marco del creciente totalitarismo del capital, y del que hemos tenido una experiencia con el presunto uso de las bases de la ANSES para lavar dinero de la campaña electoral del oficialismo en 2017, caso popularmente conocido como "aportantes truchos"). Con esta medida, en cambio, se abre un registro estatal sobre preferencias y sentires, que son perfectamente válidos sin necesidad de que el Estado dé cuenta de ellos. Es una marca indeleble que abre un horizonte insospechado sobre aspectos hasta ahora reservados a la esfera de lo privado. Extremando las posibilidades, ¿habrá oportunidad en un futuro para un registro estatal de la ideología?
Es llamativo que esto sea presentado como un derecho, como si un derecho sólo existiera por autorización estatal. ¿Acaso es necesario el reconocimiento estatal para legitimar una forma de sentir? Aunque la tentación a la explicación psicoanalítica de la validación por la autoridad es fuerte, pareciera inadecuada en un comportamiento colectivo, y mucho más en cuanto a las implicancias de la medida. La autorización de la disidencia, anula no sólo la presunta radicalidad, sino la misma localización de disidencia, que pasa a integrar el espectro de lo tutelado. 
Tras una fachada de más tolerancia, hay más intromisión, mayores posibilidades de control. Quizás una sensibilidad vibró en la persona que se quejó expresando "no somos una X", pero no por la letra, sino porque advertía que entraba en una nueva clasificación, y que la supuesta victoria era pírrica. Algo paradojal que se sabe bien en el ámbito de la guerra: muchas veces, ganar es perder. 

miércoles, 7 de julio de 2021


 

jueves, 18 de marzo de 2021

El relámpago Maia

Durante casi 72 horas, en una suerte de reality show, gran parte de los argentinos fuimos convocados por los medios de difusión a seguir en vivo la búsqueda de una nena presuntamente secuestrada por un cartonero. Vimos las movilizaciones de vecinos solidarios, cortando la autopista Dellepiane, ministros, policías y personal judicial desplegando las fuerzas estatales para capturar al esquivo cartonero, con probable retraso madurativo, armado de una bicicleta y usando transporte público. El periodismo carroñero, en su salsa, lanzaba diferentes hipótesis: trata de personas, violación, asesinato y otras tragedias. No faltó enjuiciamiento a la madre, por ser adicta. Entre tanta especulación, y ante la falta de novedades, en alguna pantalla se mostró el lugar en que vivían Maia y su mamá: una especie de carpa atada al tronco de un árbol. Fue como un relámpago en una noche oscura: iluminó plenamente, pero sólo duró un instante. Si bien se habló, ineludiblemente, de inequidad, de pobreza extrema, la falta de teoría era muy notoria. Nadie puede responsabilizar al periodismo por carecer de teoría social; tampoco abunda entre quienes se dedican profesionalmente a las ciencias sociales. Eso hace necesario que veamos las dos caras del asunto.

 

Lado A

Una nena de siete años fue raptada por un cartonero. La madre hace la denuncia, pero le cuesta ser escuchada por las autoridades. Cuando se hace efectiva, se han perdido valiosas horas. Al día siguiente, y bajo la presión de la movilización de vecinos, que cortan un acceso a Capital, más la presencia de los medios, aparecen imágenes del secuestrador y la nena, andando tranquilamente por la ciudad, tomando un tren, pidiendo en comercios. Todos se preguntan por la eficacia policial, esperando que lo capturen al segundo. Incluso se increpa a las autoridades por la ineficacia en la cacería. Urge la punición ejemplar para con el presunto abusador, del que hay diversas historias de antecedentes que validarían esa especulación. Finalmente, hoy a la mañana dan con el sujeto, y Maia, sin aparentes lesiones, es rescatada. Gran alivio general, orgullo de funcionarios que explican su eficacia en la cacería, el “degenerado” preso. Y, como frutilla del postre, cuando se le preguntó a la nena qué quería, pidió una hamburguesa (un verdadero manjar para ella, seguramente) y de inmediato aparecieron tres personas con cinco enormes bolsas de McDelivery y un mensaje manuscrito: “Para Maia”. El reality show se convertía, en su final, en un show bussines. Tras ello, encendidos (y, en gran parte, sinceros) pedidos de tomar conciencia sobre la situación de pobreza extrema. Pase de facturas entre políticos. Y todo se retroalimentará en los canales usuales. (Como una suerte de ironía, en los medios de difusión se la comenzó a llamar “menor M”, ya que dar su nombre sería vulnerar sus derechos…)

 

Lado B

Un sujeto invisible, indocumentado, con tres registros en la provincia de Buenos Aires, invisible aun físicamente, porque puede moverse a la luz del día que nadie lo ve, se lleva a una nena igualmente invisible, no visible para la escuela, a la que no asistió nunca, no visible para los transeúntes que seguramente la cruzaban cuando acompañaba a su madre (tan invisible como ellos) a cartonear. Todos invisibles para todos, menos para otros invisibles: sus vecinos, los que organizaban el comedor comunitario, esos despreciables “planeros”. Como diría Galeano, los “nadies”.

Por lo que se sabe, la madre sería adicta a las drogas. Sería lo más razonable. No se me ocurre otra forma de soportar esa vida, si no es bajo el efecto de narcóticos. La drogadicción, en estos sectores, no es un problema; es la única solución para afrontar lo que no tiene solución para ellos, que es la miseria extrema. Por su parte, el “malhechor” sería alguien con retraso madurativo, lo que antes se llamaba retraso mental. Si así fuera, también encuadraría con su condición de haberse (según declaró una tía suya) criado como pudo, durmiendo en alcantarillas y viviendo en la calle desde niño, ya que su madre no podía hacerse cargo de los once hijos. ¿Se le puede exigir racionalidad y respeto normativo a quien se socializó en las cloacas? ¿Se le puede exigir una ética basada en valores “universales” a quien ha construido valores en una pelea cotidiana con el hambre (no metafórico), en la cual habitualmente perdía?

Una hipótesis razonable que alguien dijo en un medio, es que podría tratarse simplemente de algo que el sujeto nunca valoró como transgresión de ningún tipo: se llevó a la nena con permiso de la madre, y el tiempo con la nena no sería una variable pertinente; la tendría con él de manera indeterminada, pero no para “quedársela”, sino hasta que, por efecto de su trashumancia, se cruzase nuevamente con la madre de la misma.

Pero nada de esto será, siquiera, examinado. Con el tipo preso está resuelto el problema. Y a la nena, además de las hamburguesas de McDonalds, posiblemente se le consiga alguna solución puntual para ella y su madre. Con el tiempo los debates sobre la pobreza pierden fuerza, otra noticia desplaza el foco de atención, y todo vuelve a la normalidad.

 

En síntesis

Pero no se ha tocado el verdadero problema. ¿Podemos escandalizarnos por la pobreza, sin escandalizarnos por la riqueza, que es la otra cara de la moneda? Discutimos sobre la eficacia de las agencias gubernamentales, de las políticas, sin advertir que nada puede tener eficacia cuando está montado sobre un eje falso. Si no se cuestiona la estructura, de nada vale cuestionar los matices. Y no se puede discutir lo que no se nombra. Si tiene cuatro patas, mueve la cola y ladra, no es “un bicho”, es perro. Si hay pobreza creciente y riqueza creciente, no es “injusticia”, es capitalismo. Pero, como decía Bertolt Brecht, el capitalismo es un caballero al que no le gusta que lo llamen por su nombre.

Si naturalizamos el capitalismo, ningún cambio es posible. Nos han hecho creer que el capitalismo es la única forma de sociedad viable. Y a muchos sectores que cuestionan las desigualdades, le han concedido la rebeldía de usar la “e” para “incluir”… Es hora de ponerse a pensar seriamente en los cambios sociales imprescindibles.

jueves, 11 de febrero de 2021

El agotamiento de la figura de femicidio

 

Constantemente la prensa informa sobre nuevos casos de femicidios, y se alzan voces indignadas sobre la persistencia (y aun el aumento) del fenómeno. Ahora fue el caso de Úrsula Bahillo, una casi niña de 18 años, y luego serán otras. Cada uno de estos asesinatos duelen. ¿A nadie se le ocurrió pensar que han fracasado las políticas para impedirlos, comenzando por la propia figura del “femicidio”? “Femicidio”, o su sinónimo “feminicidio” es, según la Real Academia Española, el “asesinato de una mujer a manos de un hombre por machismo o misoginia. ¿Acaso importa el motivo, si el hecho resulta evitable? En nuestro país, y en muchos otros, se ha adoptado un paradigma punitivo para intentar combatir este fenómeno, generando más problemas que soluciones, obturando formas de intervención que podrían ser más eficaces para minimizar el fenómeno. Es necesario analizar con algún detenimiento la cuestión para poder pensar formas alternativas.

En primer lugar, esta figura penal rompe un principio básico de igualdad ante la ley: implícitamente la vida de una mujer se considera más valiosa que la de un hombre, toda vez que es penado con mayor gravedad la muerte de una mujer a manos de su pareja o ex pareja, que a la inversa. 

En segundo lugar, la acción punitiva sólo es eficaz a posteriori del hecho. La reacción estatal no impide la conducta. La conducta de un potencial asesino no se rige racionalmente; ningún homicida hace cálculos racionales para desistir de su acción. La complementación con cursos informativos (ley “Micaela”) es de una ingenuidad conmovedora: descansa en el supuesto de que mediante un curso (o varios) se incide de manera decisiva en la idiosincrasia de una población. 

En tercer lugar, subyace a estas posturas la idea de que una mayor pena elimina o morigera un tipo de delito. Está harto demostrado en el mundo que no es así. En cuarto lugar, medidas “precautorias” como las restricciones perimetrales quedan, en la mayoría de los casos, libradas a que el potencial agresor las cumpla voluntariamente, ya que no hay capacidad estatal real de imponerlas. 

Todo esto revierte en nuevas muertes evitables, ya que éste es, quizás, el tipo de homicidio más previsible y, por lo tanto, más posible de impedir. Pero para eso es necesario abandonar el paradigma punitivo, que organiza una disposición muy conveniente para otras cuestiones que luego abordaremos, a saber: mujer-potencial víctima; hombre-potencial victimario. Ver a la mujer como un sujeto pasivo, blanco de agresión, refuerza su lugar de inacción. Se pierde de vista que se trata de una relación en la que dos sujetos interactúan y que, por lo tanto, se trata de un vínculo complejo, que no es unidireccional. Se ha estigmatizado la pregunta “¿qué hace la mujer?”, como si la misma implicara una legitimación de una agresión, cuando, en realidad, es reconocerle un lugar activo (que en la realidad lo tiene) para que pueda pensar sus propias acciones tendientes a modificar la situación. Pero la idea del hombre-monstruo, por muy tranquilizadora que sea para aliviar conciencias, no expresa bien la realidad. Esto no significa, entiéndase, que una persona merezca ser agredida por algo que haga o no haga, pero da elementos para entender la agresión y, por lo tanto, para actuar con mayor eficacia sobre una conducta violenta. 

No basta con hacer anuncios repetitivos de que denuncien las situaciones que puedan sufrir, es necesario dotarlas de más herramientas: un sostén económico, si es cabeza de familia; una vivienda que no sea un refugio invivible y transitorio; una asistencia psicológica. Una cosa es asistir a un sujeto activo, y otra proteger a una (potencial) víctima indefensa. La diferencia de enfoque es notoria. 

Por otra parte, un hombre que actúa violentamente muestra, a priori, una gran carga de frustración y una imposibilidad (o gran dificultad) para tramitar la misma. O bien puede padecer de algún trastorno psiquiátrico o ser un psicópata. Meterlo en la cárcel después de que ocasionó un daño irreparable no lo mejora. 

Si en vez de pensar en términos de “violencia de género” eliminamos la calificación y observamos un vínculo violento, vamos a ver dos (o más) sujetos enredados en una relación destructiva. Ante eso ¿nos interesa encontrar un culpable o desactivar el caudal destructivo de la relación? Si en vez de actuar de manera punitiva tomamos un enfoque proactivo, y en vez de ver culpables vemos actores enredados en un vínculo nefasto, quizás podamos imaginar otras formas de intervención. 

Para pensar nuevos abordajes debemos partir de un dato elemental: las personas tenemos dos componentes, uno singular y uno social. Entonces la persona singular tiene responsabilidad sobre su conducta, pero ésta está también influida por el medio social. Dicho en otras palabras, no podemos responsabilizar de manera total y absoluta a una persona sin hacernos cargo de que, como sociedad, influimos en la formación de esa persona. Traducido: el problema no es del otro, también es nuestro. 

En cuanto a la singularidad ¿por qué, ante una denuncia, en vez de dictar una medida judicial de no acercamiento, no se habilita a la intervención obligatoria de un equipo de salud mental? Una entrevista (o las que fueran necesarias) con la persona denunciante y la persona denunciada puede brindar pistas sobre la posibilidad de intervención terapéutica (en principio compulsiva) tendiente a una eventual modificación de las conductas. Pero, antes que nada, para evaluar la potencial peligrosidad de la relación y, por lo tanto, el grado de involucramiento estatal en la disolución de la misma. La acción es más eficaz cuanto mejor se discriminan las situaciones, no siempre se debe actuar igual. 

Pero la mirada punitiva tiene eficacia en otro nivel. Siempre ha sido una bandera de la derecha política. En nuestro país esta última ola punitiva comenzó con las campañas del falso ingeniero Juan Carlos Blumberg. En el particular caso que estamos enfocando, nos pone frente a una situación cuya base de distinción es biológica: hombres – potenciales agresores, y mujeres – potenciales víctimas. Los razonamientos en los que se apoya esta visión, ya pocas veces se centran en lo biológico (aunque hay referencias a la testosterona), pues quedaron desprestigiados desde mediados del siglo pasado, pero su reemplazo por lo cultural (el patriarcado) no cambia la ecuación que presenta una contradicción irreductible entre hombres y mujeres. La complementariedad se vuelve, en esta mirada, oposición. 

Ahora bien, si la diferencia sustancial es biológica, se diluyen o morigeran otros parámetros de análisis, particularmente el social. Entonces, el problema no es el capitalismo, sino el patriarcado; no es la lucha de clases, sino la lucha de sexos; no es la explotación del hombre por el hombre, sino el machismo. 

Los medios de difusión masiva nos recuerdan a diario el asesinato de mujeres (los femicidios), y su alarmante número. Pero, ¿quién sabe cuántos muertos se producen en el mismo período por condiciones laborales (enfermedades profesionales y accidentes de trabajo)? Pocas personas saben que mueren más personas por condiciones laborales que por femicidios. Centrar la atención en estos ¿no nos hace desatender los otros, al punto de ni saber cuántos son? 

En ambos casos se trata de muertes potencialmente evitables (no todas, lamentablemente, pero sí muchas de ellas). La mirada punitiva ayuda a que se sigan produciendo unas y a que sigan inobservadas las otras. ¿No ha llegado el momento de replantear las cuestiones?

martes, 30 de junio de 2020

Diagonales

En el sitio Diagonales.com se publicó una columna de opinión que me pidieron, y que titularon "Lucha de clases en pandemia".

sábado, 25 de abril de 2020

Sobre la pandemia y el futuro


En el momento de escribir esto (25/4 poco antes del mediodía), hay en el mundo, según datos oficiales recogidos por la Universidad Johns Hopkins, 2.828.772 casos confirmados de infección de Covid-19, y 197.924 fallecidos por la acción de este virus, a nivel mundial en ambos casos. De acuerdo a estos datos, la tasa de mortalidad es del 7%, pero, considerando que muchos portadores del virus son asintomáticos, es razonable suponer que la tasa de mortalidad es inferior al 5% (se estima que la mitad de los contagiados, o más, son asintomáticos, de donde surgiría que la tasa de mortandad sería del 3,5% o menos). En cualquiera de estas apreciaciones, la mortandad del virus es baja, estando apenas por encima de la del dengue, que es de aproximadamente de un 2,5%. No sería muy desatinado decir que se trata de un virus “benigno”. Sin embargo, el Covid-19, a diferencia del dengue, provoca una crisis mundial, cuyas consecuencias a mediano y largo plazo estamos lejos de imaginar. Dado que no es la letalidad lo que caracteriza al virus, el problema no radica allí sino en su alta contagiosidad, lo que lleva a colapsar los servicios de salud (debilitados, en casi todas partes, por otra pandemia: el llamado “neoliberalismo”, que no es más que la consecuencia de la lógica capitalista históricamente desarrollada). Pero hay otro factor histórico singular. Si comparamos esta pandemia con otras mucho más agresivas y mortales, como la peste negra del siglo xiv, cuya letalidad en Europa se estima en algo más del 60% de la población total, encontramos que la misma (originada, aparentemente, en Asia), tardó varios años en diseminar su efecto deletéreo, a diferencia del Covid-19, que en tres meses se hizo presente en casi todo el mundo. El “pico” epidémico se registró entre 1346 y 1353, y no llegó a América, ni África, ni Oceanía. Esto es algo que, aunque parezca trivial, debe concentrar nuestra atención.
La interconexión mundial ha eliminado las fronteras naturales que se opusieron a la diseminación de otras pandemias (ni siquiera la “gripe española” se universalizó como el Covid-19). Dicho en otras palabras: no hay sitios de resguardo. David Harvey ha mostrado que el capitalismo ha tenido siempre un recurso espacial para superar las crisis: cuando enfrenta una crisis (política y/o económica), buena parte de la reactivación surge de la relocalización de los centros de producción. Pero ¿qué puede ocurrir cuando la parálisis es mundial, cuando no hay espacio de relocalización? Esto es lo inédito. Y por ello no podemos prever los efectos a mediano y largo plazo.
Cuando comenzó la pandemia, vista su contagiosidad y la inexistencia de medicación para enfrentarla, hubo dos actitudes de los gobiernos: los que recurrieron al único método, medieval, de protección, que es la cuarentena; y los que, espantados por las consecuencias económicas que suponía la cuarentena, optaron por apostar a la “inmunidad de manada”. Esta segunda vía se demostró políticamente inviable (un gobierno no se sostiene si gran parte de su población se enferma en simultáneo y se producen muertes en gran cantidad), y económicamente más desastrosa que la primera, ya que igualmente paraliza la economía (sea por la adopción tardía de la cuarentena, lo que lleva a que la misma sea más larga y, en consecuencia, económicamente más costosa, o porque, haciendo un ejercicio contrafáctico, la economía se paraliza por la pandemia, porque la simultaneidad de enfermos hace que los procesos productivos y comerciales colapsen), pero con mayores costos políticos y económicos.
Se especula con la remake de un neokeynesianismo, con el reingreso del Estado como actor central y organizador de la vida social. Todo es posible. Pero sabemos que en la acción la humanidad es más creativa que con la imaginación (que siempre queda anclada a modelos conocidos). No sabemos qué devendrá. En lo inmediato, podemos suponer, con bastante certidumbre, que habrá una expansión del control social, mansamente aceptado en nombre de la salud (desde la propuesta de Google-Aple de smartphones que indiquen si hay un “leproso” cerca nuestro, hasta los softwares que, tomando imágenes de cámaras públicas, señalen quiénes incumplen con la distancia social, algo que ya se está aplicando en China, país en el que el reconocimiento facial público también ya se puso en práctica, igual que en Buenos Aires). Este mayor control social tecnológico, es también, una leve forma de esclerosis del poder: si requiere de un soporte tecnológico, es porque no se ha interiorizado completamente, es decir, carece de total legitimidad, puede ser cuestionado. Por supuesto, que sea cuestionable no significa que se lo cuestione. Eso dependerá, como todo y como siempre, de la acción política. Y la acción política, a su vez, no podrá expandirse más allá de los márgenes que le establezca la teoría social, es decir del poder de cuestionamiento que esta pueda brindar.
La tarea de refundación del orden social, tan en boga, abierta o implícita, en los discursos que rondan estos días, no la puede llevar a cabo un virus. Si el orden social es creado por los humanos, a los humanos corresponde cambiarlo. Con virus o sin él.